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Juli Capella: “No puede ser que lo bonito sea para los ricos y lo funcional para los pobres”

El arquitecto barcelonés discute la desautorización que padece la disciplina en un contexto marcado por una burocracia recargada y la interferencia ininterrumpida, en la estructura de los esquemas creativos, del negocio inmobiliario.

La arquitectura es una disciplina que se encuentra lejos de los arquitectos. Este ha sido el diagnóstico principal que ha decretado Juli Capella para explicar la pérdida de autoridad que ha sufrido la disciplina durante los últimos años. La intromisión continuada del sector inmobiliario y un papeleo sobrecargado de trámites y gestiones ha puesto en entredicho la capacidad para construir un diálogo público más amable y sincero entre el sector y sus ciudadanos. La “arquitectura comunica, pero no convence”, asegura Capella. La disciplina ha perdido el valor social que se le suponía. Gana en negocio, pero pierde en creatividad. Su seña de identidad.

Pregunta: ¿Barcelona es capaz de retener talento en el campo arquitectónico?

Respuesta: Es una desgracia que se retenga el talento: lo retiene, pero no le da oportunidad para hacer nada. Recomiendo a este talento que se vaya a otros países, le irá mejor. La cultura arquitectónica que ha dotado de prestigio a Barcelona está muerta, y se ha sustituido por una disciplina que tiene dos problemas muy graves. El primero hace referencia a la burocracia que restringe al sector y que coarta la creatividad; el segundo es que la arquitectura se ha convertido, simple y llanamente, en un negocio inmobiliario. Los edificios no los hacen los arquitectos, sino las ingenierías y las inmobiliarias. Esa creatividad, que en cierto momento llegó a ser brillante, ha desaparecido.

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P.: Desde el punto de vista social, ¿qué rol juega la arquitectura actualmente?

R.: Ninguno. Ahora ha adoptado un papel de hacer ganar dinero a los promotores, pero no está resolviendo los problemas que transmite la gente. Es evidente que existe un gran problema en cuestión de vivienda: llevamos décadas tratando el tema, pero no se hace nada. Hoy en día, sólo tiene sentido una arquitectura comprometida con la emergencia climática. Esta es la premisa fundamental. Otro espacio que debe ocupar la disciplina es la arquitectura cooperativa, la arquitectura social. Ahora tenemos una democracia que hace que tengamos más construcción que arquitectura.

P.: ¿La disciplina posee el peso y el reconocimiento suficiente para ser entendida como arma social?

R.: Por supuesto, pero no sé cómo puede revertir la situación. Supongo que es de orden político. El diseño se ha cargado el mundo, pero también es el que lo puede volver a enderezar. Sin embargo, si se pone el acento únicamente en la arquitectura, sobre todo en cuestión de vivienda, es un tema político. Quizás la solución es que los arquitectos hagan política.

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P.: ¿La pandemia fue una oportunidad perdida para el sector?

R.: Se desaprovechó en todos los sentidos. Pero también se desaprovecha ahora, que ya ha pasado. No me hice nunca muchas ilusiones. También estamos perdiendo este año y ahora no hay pandemia.

P.: En el caso de que la disciplina adquiera el papel social que se le presupone, ¿qué herramientas podría utilizar para generar un impacto positivo en la sociedad?

R.: El factor político es clave para crear un discurso que acentúe la crítica contra el entorno material que rodea a la gente. Esta sensibilidad política repercutiría en el espacio público, en los equipamientos que se hacen. La única esperanza es que haya un cambio de sensibilidad en la gente que manda. Hoy en día, no se está poniendo en duda el modelo urbanístico, y se siguen desarrollando las mismas operaciones especulativas que caracterizan al mercado actual. No hay cambios. En Barcelona hubo un intento con los ejes verdes o las superillas: todo el mundo se quejaba cuando, en realidad, veía con buenos ojos el resultado final del proyecto. Yamamoto, recién galardonado con el Premio Pritzer, pone sobre la mesa esta cuestión: el desarrollo de una arquitectura de comunidad, de edificios mixtos, que mezcla usos y que construye edificios para que perviven en el tiempo; es decir, lejos de la arquitectura comercial que produce edificios del mismo modo que fabrica sombreros o coches. Cuando vas por la calle, tú estás viendo un edificio. Está en el espacio público, también es tuyo. Por no hablar del uso: en estos edificios que veo, es donde vivo, donde trabajo, donde educan a mis hijos. Este precepto ha desaparecido del discurso político principal.

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P.: ¿Cómo se puede integrar el binomio entre esfera pública y privada en cuestiones arquitectónicas?

R.: No se trata de democratizar la arquitectura; muchas veces hemos caído en el error de promover una arquitectura participativa. Lo que debemos hacer es pensar en la gente. La arquitectura es democrática per se: el espacio público es de todos. Pero como decía antes, esto no se está desarrollando. La manera de hacerlo puede ser a través de las normativas, pero tampoco fomentan ni la estética ni la especulación, y no sirven para nada. Lo único que nos queda es denunciarlo y seguir intentando fomentar pequeñas experiencias que rompan el esquema actual, como la creación de viviendas cooperativas. El arquitecto es un profesional más que te ayuda, como un médico, un lampista o un abogado, a resolver las cosas de la manera más sencilla posible.

P.: ¿La disciplina sabe comunicar el potencial de sus recursos y soluciones dentro del mercado?

R.: El tema de comunicar bien o mal ha sido la excusa típica de los últimos años. No es un problema de comunicación sino de convicción. Existen medios para acercarse a la disciplina, pero la gente que tendría que recibir esta comunicación no se interesa ni en recibirla. Como no se está por el tema, la disciplina va cayendo cada vez más. Existen dos sectores, sanidad y educación, que todo el mundo entiende que se le deben dedicar recursos y cuidar. Son dos sectores básicos e importantísimos. Sin querer comparar, al contrario de la arquitectura, tienen una aceptación general no sólo de la ciudadanía, sino de los políticos. La arquitectura debe ganarse el estatus de primera necesidad, al que tienen que dedicársele recursos y un mayor interés. La arquitectura no es sólo obra de cuatro genios creativos.

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P.: En cierta manera, ¿fomentar la funcionalidad de la arquitectura como herramienta realmente transformadora de la sociedad?

R.: Sí, pero sin olvidar la belleza: quiero que la arquitectura funcione, pero que también me emocione. Este es un valor que lleva implícito la disciplina desde inicios del siglo XXI. En los barrios que no se ha tenido en cuenta el factor bello, la gente está de peor humor. Ya lo dijo Winston Churchill: We shape our building; thereafter they shape us (Damos forma a nuestros edificios; luego ellos nos transformar a nosotros). La arquitectura debe tener dignidad. La belleza también debe tenerse en cuenta para la gente que tiene menos recursos. No puede ser que lo bonito sea para los ricos y lo funcional para los pobres.  

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