Juan Bohajar, cuarta generación al frente de la empresa Cristal Antiguo, abre las cajas de un negocio centenario para devolver a la vida objetos que hablan de diseño, industria, costumbres y de una casa española que ya no existe. En este artículo hablamos con él sobre la historia que esconden estos objetos cotidianos y sobre cómo han vuelto a despertar nuestro interés por la artesanía, los materiales y las formas de hacer de otra época.
Una copa, un exprimidor, una vinagrera o un botijo pueden parecer objetos menos elegantes frente a los grandes iconos del diseño, pero también hablan de una época. De cómo comíamos y bebíamos, de las costumbres que organizaban la vida doméstica, de los materiales disponibles, de lo que considerábamos bonito y de una industria que durante décadas fabricó los objetos que llenaban nuestros hogares.
Pocas personas tienen una perspectiva tan privilegiada sobre esa historia como Juan Bohajar. A sus 29 años representa la cuarta generación de una familia dedicada a la venta de loza, cristal y menaje desde principios del siglo XX. Hoy está al frente de Cristal Antiguo, un proyecto nacido alrededor de los almacenes familiares en Murcia, donde todavía permanecen miles de piezas antiguas sin estrenar, muchas de ellas conservadas incluso en sus embalajes originales.
Charlamos con Juan para recorrer la historia de Cristal Antiguo a través de sus objetos y descubrir qué nos cuentan sobre quienes los fabricaron, las casas que los acogieron y las formas de vivir que hemos dejado atrás.
Cuando lo cotidiano también era extraordinario
La historia de Cristal Antiguo comienza mucho antes de que existiera con ese nombre. A principios del siglo pasado, el bisabuelo de Juan, Juan Bohajar Baró, empezó a vender loza, cristal y menaje en mercados para mantener a sus once hijos. Hacia 1925, su hijo Antonio entró como aprendiz en un almacén de distribución que varias fábricas de cerámica de Manises tenían en Murcia. Con el tiempo, aquel negocio pasó a sus manos y terminó consolidándose como empresa familiar.
En 1984, la tercera generación heredó una tienda y varios almacenes llenos de mercancía. Permanecieron prácticamente cerrados durante décadas hasta que un siniestro obligó a volver a entrar, ordenar y catalogar lo que había dentro. Fue entonces cuando Juan vio el potencial de miles de piezas que llevaban años esperando en cajas: «me he dado cuenta de la atención al detalle que existía antes, de cómo cada objeto del hogar, por cotidiano que fuera, podía ser una obra de arte». Comenzó así a darles una segunda vida.
Para Juan, trabajar a partir de ellas que ha significado también aprender a mirar de otra manera los objetos cotidianos. Una de las claves para entender el interés que despiertan hoy muchas de estas piezas que no fueron concebidas para convertirse en objetos de colección. Eran simplemente vasos, platos, jarras o ceniceros destinados a entrar en las casas y participar de sus rutinas.
Los objetos también cuentan cómo vivíamos
Mirar hacia atrás a través de estos objetos permite además descubrir costumbres que el tiempo ha ido borrando. Entre las piezas que más sorprendieron a Juan al comenzar a catalogar el almacén se encuentra, por ejemplo, el juego de agua para la mesilla de noche: una botella y un vaso diseñados para encajar entre sí y ocupar el mínimo espacio posible junto a la cama: «se usaba para tener siempre a mano el agua, por si acaso la sed apretaba a altas horas de la noche», comenta.
En ese sentido, un almacén de menaje puede leerse casi como una excavación arqueológica de la vida cotidiana. Las piezas no solo documentan estilos y materiales; conservan gestos. Nos hablan de servir el vino, preparar el café, recibir invitados o poner la mesa.
Si Juan tuviera que explicar esa evolución de la casa española a través de apenas cinco objetos, escogería «un exprimidor de cristal, un vaso soplado y tallado a mano, una vinagrera, un porrón y un botijo». Objetos comunes que, puestos uno junto al otro, empiezan a dibujar una determinada manera de habitar.
Cuando cambia nuestra mirada
Lo curioso es que muchos de esos objetos han dejado de parecernos antiguos. Formas, colores y acabados que durante años asociamos con las casas de nuestros padres o abuelos vuelven ahora a aparecer en proyectos de interiorismo, restaurantes y mesas contemporáneas. Para la generación de Juan, son especialmente atractivos los diseños de los años setenta, aunque él mismo evita convertir esa preferencia en una cuestión puramente generacional: «Las cosas bonitas gustan a todo el mundo».
Uno de los mayores éxitos de Cristal Antiguo es, de hecho, bastante anterior. Un exprimidor de vidrio fabricado en Cartagena durante la primera mitad del siglo XX se ha convertido en una de las piezas que mejor acogida ha tenido entre sus clientes.
¿Qué ha cambiado para que objetos que durante décadas pudieron parecernos desfasados vuelvan a resultar deseables? Para Bohajar, la respuesta tiene menos que ver con la estética que con nuestra relación con la producción: «Lo que más ha cambiado ha sido la forma de fabricarlos, la producción en masa y la consiguiente pérdida de la capacidad que tenían esas piezas de ser únicas. Esto ha hecho que empecemos a valorar también ciertos procesos».
La recuperación de estos objetos coincide así con un interés creciente por aquello que revela cómo está hecho: el vidrio soplado, el tallado manual, las pequeñas irregularidades y los procesos vinculados a oficios que estuvieron cerca de desaparecer.
No miramos únicamente hacia atrás por nostalgia. Miramos porque empezamos a reconocer en algunos objetos del pasado valores que la producción contemporánea ha ido dejando por el camino.
El archivo de una industria que desapareció
Recorrer las estanterías de Cristal Antiguo permite reconstruir algo más que la evolución del gusto. También dibuja un mapa industrial. Detrás de las piezas aparecen fábricas y centros de producción repartidos por diferentes puntos de España. Unión Vidriera de España produjo en Cartagena vasos de vidrio soplado durante los años cuarenta y cincuenta; MAH fabricó piezas de vidrio prensado y soplado a mediados de siglo; C.I.M. producía vajillas en Montgat en los ochenta. Algunas de aquellas empresas desaparecieron y otras industrias se transformaron hasta hacer prácticamente irreconocible aquel ecosistema.
El propio Juan reconoce que entrar en contacto con todo ese material ha cambiado su percepción sobre lo que significó aquella desaparición: «No habría sido consciente de la gran pérdida que ha sufrido este país. Una pérdida que no es solo industrial y económica, con todo lo que eso supone para las familias, pueblos y ciudades que dependían de ellas, sino que también es una pérdida cultural importantísima».
La reflexión desplaza el valor de los objetos. Dejan de ser únicamente testimonios estéticos para convertirse también en documentos de una infraestructura productiva y de unos conocimientos que formaron parte de nuestra cultura material. Preservarlos significa, de alguna manera, conservar la memoria de quienes supieron hacerlos.
Un proyecto diseñado para terminar
Hay, además, una peculiaridad que diferencia Cristal Antiguo de casi cualquier otro negocio: su materia prima es finita. No se trata de una tienda de antigüedades que compra nuevas piezas a medida que vende las anteriores. La colección procede del stock acumulado por el negocio familiar y cada referencia tiene un número limitado de unidades. Cuando se vende la última, desaparece del catálogo. El propio proyecto reconoce que su cometido estará cumplido cuando cada objeto haya encontrado un nuevo hogar.
Desde esa perspectiva, su éxito podría parecer paradójico: cuanto más vende Cristal Antiguo, menos Cristal Antiguo queda. Pero Juan ha introducido una pequeña excepción: «Realmente no va a desaparecer del todo. Siempre guardo una unidad de cada pieza para poder terminar juntando el gran muestrario del negocio familiar. No sé qué haré con eso cuando termine, pero sin duda es digno de museo».
Durante cuatro generaciones, los Bohajar han vendido objetos destinados a entrar en las casas. Juan continúa haciéndolo, pero mientras vacía lentamente los almacenes construye, casi sin proponérselo, un archivo de todo aquello que pasó por ellos.
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