En Alboraia, María Aucejo transforma un dúplex de 72 m² en una vivienda luminosa y fluida, donde pasado y presente dialogan entre texturas, diagonales y vida compartida.
Capas de memoria
A las afueras de València, las calles estrechas se mezclan con los campos de cultivo y la vida cotidiana transcurre entre lo rural y lo urbano, con un ritmo pausado, marcado por la proximidad y las relaciones vecinales. En este contexto, nace un deseo de mirar el lugar no solo como un escenario, sino como un tejido vivo al que la arquitectura debe responder. En vez de construir desde cero, la intervención de un pequeño dúplex dentro de un edificio existente busca adaptar el espacio a una nueva forma de vida, manteniendo la conexión con el paisaje y con la memoria material que todavía lo habita.
El proyecto parte de la voluntad de preservar las huellas de quienes habitaron antes, construyendo un presente hecho de capas y memorias superpuestas. Maria Aucejo es quien transforma este espacio de 72m2 originalmente compartimentado y oscuro en una vivienda abierta, luminosa y coherente con su entorno. Varios elementos originales se conservan como parte del relato arquitectónico, conviviendo con materiales actuales en un diálogo de tiempos. La intervención habla de relación: con el pasado, con quienes viven cerca y con la vida cotidiana que sucede dentro y fuera de la vivienda.
Diagonales, luz y fluidez espacial
La vivienda original planteaba un reto común en muchas transformaciones de la zona: una planta estrecha y alargada. Para romper la sensación de tubo, Maria recurre a estrategias que alteran la percepción y mejoran la fluidez espacial. La cocina, diseñada con una geometría triangular, responde tanto a cuestiones funcionales como sociales. Esta abre visuales en diagonal, dinamiza el recorrido interior y crea un espacio pensado para conversar —incluso con el vecino de enfrente.
El programa se organiza en dos niveles y la disposición estratégica de los usos permite que la luz natural se extienda por toda la casa. El lavabo en la zona de paso de la planta baja elimina pasillos innecesarios, y la apertura del lavadero al distribuidor en la planta superior lleva la luz natural hasta la escalera, reforzando esta idea de recorrido fluido.
Lo técnico también se incorpora como parte del lenguaje arquitectónico. El conducto de climatización, en acero inoxidable, recorre el espacio visible en algunos tramos y oculto en otros, manteniendo la altura interior y aportando una dimensión estética inesperada. Gesto que transforma por completo la experiencia del espacio. Cada decisión busca liberar el espacio, potenciar la luz y facilitar la vida cotidiana.
Materiales honestos y arquitectura vivida
La mezcla de materiales antiguos y contemporáneos define la atmósfera del proyecto. Colores tradicionales, mármol recuperado, hormigón visto y acero se combinan para crear un entorno doméstico con identidad propia. Nada es decorativo por sí mismo: todo responde a una lógica funcional, a la memoria del lugar o a la experiencia del habitar. Al final, lo que hace especial a este proyecto es precisamente esa convivencia de capas, tiempos y formas de vida.
Al liberar recorridos, abrir diagonales y conservar fragmentos del pasado, la vivienda se convierte en un espacio donde cada detalle tiene sentido. La rehabilitación consigue reflejar la identidad de quien lo habita —una persona profundamente vinculada a sus raíces en la huerta valenciana pero también conectada con un presente más crudo y contemporáneo— y lo traduce en un espacio que es tanto refugio como lugar de encuentro. Un vivienda que no borra su historia, sino que la transforma en escenario para nuevas conversaciones.
Fotografía: Pol Masip
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