Casa Marina, un piso madrileño de 1972 reformado por Yeyé Estudio, demuestra que actualizar una vivienda no implica borrar su pasado. Con una nueva distribución que optimiza sus 63 m2 y abre las zonas comunes hacia el exterior, el proyecto recupera elementos originales y los combina con materiales contemporáneos en un juego de contrastes.
El valor de lo existente
Cuando se le da una segunda vida a una vivienda, es inevitable preguntarse qué elementos existentes deben conservarse y cuáles, por el contrario, deben desaparecer. Si bien durante las últimas décadas las tendencias abogaron por hacer tabla rasa en favor de un minimalismo aséptico, por suerte el respeto por la memoria y por las historias que esconden las viviendas parece recuperar protagonismo en los proyectos actuales.
Un buen ejemplo es Casa Marina, un piso de 1972 en Madrid reformado por Yeyé Estudio. «Para nosotras es, ante todo, un gesto: respetar y poner en valor los elementos originales, darles una segunda vida siempre que se pueda. Creemos que eso resignifica la historia de la vivienda, que hace que los espacios cuenten la vida de quienes los han habitado, lo que hay detrás de una simple reforma«, explica Paula Mena, arquitecta y fundadora de Yeyé Estudio.
El proyecto parte de un proceso de análisis de lo existente, para mezclarlo con lo nuevo. La clave estuvo en no entender lo antiguo como un obstáculo, sino como una oportunidad para construir un diálogo entre pasado y presente. «En una reforma integral en Madrid es prácticamente imposible mantener la distribución original, el modo de vida actual no funciona con lo que había hace cincuenta años, pero en los materiales sí lo hacemos muchísimo: azulejos, baldosa hidráulica… si hay algo que nos gusta, intentamos integrarlo con el diseño actual.«, afirma Mena.
Adaptar la vivienda a las nuevas necesidades domésticas
La vivienda original, de poco más de 60 metros cuadrados, contaba en origen con estancias excesivamente compartimentadas. Por ello, se decidió suprimir la entrada y transformar la cocina en un dormitorio con función de despacho. Además, se unificaron varios espacios existentes para crear una única estancia que integra el salón, comedor y cocina, abierta a la fachada principal y a la terraza.
«El objetivo fue transformar la terrorífica distribución inicial en dos dormitorios amplios y una zona de día completamente abierta, aprovechando hasta el último milímetro de las zonas comunes y del almacenaje, suprimiendo pasillos, entradas y distribuidores para exprimir al máximo los 63 metros de la vivienda«, relatan las artífices del proyecto.
La nueva distribución incorpora una curva que sustituye al típico pasillo en ángulo recto, favoreciendo una circulación más fluida y cómoda entre el acceso y la zona de día. Al otro lado, esta misma curva da forma a la ducha, revestida con azulejos en color burdeos que aportan calidez y carácter al baño.
El contraste como estrategia
El proyecto construye una paleta de materiales basada en el contraste. En la cocina, la madera cálida de los muebles bajos se enfrenta a los frentes de acero o al microcemento del pavimento, mientras una encimera de piedra natural verde dialoga con los azulejos retro amarillos recuperados de la vivienda.

En el baño se mantiene este mismo juego de materiales y colores: el azulejo burdeos contrasta con el mueble a medida en tonos pastel. Éste a su vez establece un vínculo con la cocina incorporando la misma encimera verde. Como último guiño a la vivienda original, se recupera también el vidrio catedral amarillo de la puerta, un material muy característico de los años setenta.
«No mezclamos por moda. Mezclamos con intención, para que cada casa cuente la historia de quienes la han vivido», concluye Paula Mena.
Fotografías: Hiperfocal
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