Racks de fibra de vidrio, vitrinas de vidrio craquelado y una sala acolchada en rojo conviven con muros del siglo XVIII en la nueva tienda de Cold Culture en Ciutat Vella. Culdesac firma un proyecto que traslada al espacio físico los códigos visuales de una marca nacida en digital.
Del feed al retail
Tarde o temprano, toda marca de moda nacida en digital se enfrenta al mismo reto. Necesita un lugar físico donde su comunidad pueda tocar lo que hasta entonces solo veía a través de una pantalla. Y ese salto rara vez es sencillo porque plantea una pregunta que cada vez se repite más entre las marcas nativas digitales. Cómo dar forma física a algo que ha crecido sin ella.
Cold Culture nació en Madrid en 2021 y construyó su comunidad casi por completo en Instagram y TikTok, con colecciones que se agotan casi al momento de publicarse. Trasladar una identidad cambiante por definición a un espacio con muros de carga y horario de apertura obliga a tomar decisiones que muchas firmas resuelven refugiándose en la ambigüedad. Espacios neutros que podrían estar en cualquier ciudad porque, en el fondo, no pertenecen a ninguna.
Sin embargo, Cold Culture ha optado por el camino contrario, y ha convertido su origen digital en el propio argumento espacial. En el número 13 de la calle Canuda de Barcelona, Culdesac firma esta flagship store de 120 metros cuadrados como una extensión del propio universo visual de la marca, con sus mismos códigos visuales y esa estética cruda que define su lenguaje.
Un edificio del XVIII como cómplice
El local ocupa parte de la Casa Joan d’Ortega, un inmueble residencial construido en 1761 y ampliado a principios del siglo XX, en plena efervescencia del modernismo catalán, por el arquitecto Marcel·lià Coquillat i Llofriu. Y es que las paredes y los arcos que hoy condicionan el recorrido de la tienda acumulan más de dos siglos de reformas superpuestas.
Por eso, Culdesac decidió no camuflar su historia. Las paredes se han dejado decapadas, con parches de yeso y tramos de ladrillo visto, y las bandejas de cableado galvanizado recorren el techo abovedado a la vista, sin falso techo que las tape. Nada se ha alisado ni repintado para simular un local nuevo. De esta forma, la estructura del XVIII y la instalación técnica actual comparten el mismo plano visual, con la misma naturalidad con la que conviven un arco de piedra y un altavoz brutalista a pocos metros de distancia.
Crafted Engineering
El concepto creativo que articula todo el proyecto, bautizado como ‘Crafted Engineering’, se entiende mirando a través del propio mobiliario de la tienda. Este exhibe su propio proceso de fabricación, mientras genera un diálogo entre la estructura del edificio y la intervención de Culdesac, entre el trabajo artesanal y el industrial.
Así, los racks curvos de fibra de vidrio dejan ver las hebras del laminado y se atornillan entre sí con pletinas metálicas visibles, mientras que las vitrinas de joyería usan vidrio templado craquelado, un guiño directo al nombre de la marca. La pieza, pese a su aparente fragilidad, gana solidez gracias a un ensamblaje con cubos metálicos que sujetan cada esquina.
Además, el mostrador central sigue la misma lógica y se presenta como una escultórica pieza de acero con esquinas troqueladas y remaches negros. Nada de esto busca disimular su condición de prototipo. Al revés, cuanto más se note el proceso, mejor cumple su función narrativa en el conjunto.
De la nave gris a la cueva roja
El recorrido está pensado como un cambio de atmósfera casi cinematográfico. La zona de acceso mantiene una paleta neutra, microcemento gris y estructuras color hueso, hasta que el local se abre hacia una sala revestida por completo con paneles acolchados de vinilo rojo brillante, con el suelo tratado en resina del mismo tono y un lucernario en forma de estrella que corona el espacio. Ahí es donde el espacio se permite el exceso, con cinchas de trinquete industriales suspendiendo planchas de acero pulido a modo de mesas flotantes.
Culdesac ya trabaja en una segunda tienda para la marca, esta vez en la calle Fuencarral de Madrid, con una propuesta de identidad construida desde el mismo lenguaje. Dos proyectos que empiezan a dibujar algo parecido a un manual de estilo arquitectónico de Cold Culture, pensado para crecer y sostenerse más allá de una sola apertura.
Fotografía: Culdesac
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