En el pueblo alicantino de Los Montesinos, ABEZ reinterpreta un antiguo local para convertirlo en una casa que abraza la luz, la materia y el recuerdo. El Búnker renace sin perder su esencia, conserva su vínculo con la calle y ordena su día a día alrededor del patio.
Una casa que vuelve a abrirse al patio
La vivienda se asienta en una parcela estrecha, encajada entre medianeras, donde antaño se reunían vecinos y amigos durante las fiestas locales. Hoy, su organización longitudinal retoma esa lógica de convivencia y la dirige hacia el patio. Además, este vacío final actúa como un pequeño respiro en la trama urbana y concentra buena parte de la vida diaria.
Así, el proyecto confía en la estructura original para responder a las necesidades actuales sin alterar la escala ni la relación con la calle. Por ello, ABEZ prescinde de pasillos y opta por una secuencia de estancias enlazadas que se suceden con naturalidad. Es ahí donde la circulación y el uso cotidiano se mezclan hasta que la casa se percibe como un recorrido continuo en el que los límites se leen de forma sutil.
Por otra parte, el hallazgo del caliche, la costra calcárea típica de esta zona de Alicante, durante la excavación incorpora al proyecto un estrato geológico que el estudio decide mantener a la vista. La piedra aparece en puntos estratégicos y aporta un carácter arqueológico al conjunto, recordando el origen del lugar.
El pasado como punto de partida
La intervención de ABEZ parte de una decisión humilde: aceptar lo que ya estaba y, desde ahí, actualizarlo. Además, la casa reconoce que su historia social forma parte inseparable de su identidad. De este modo, la gran puerta de garaje, que en su día abría el Búnker a vecinos y amigos, se mantiene para preservar esa continuidad entre calle e interior sin introducir nuevas jerarquías.
Sin embargo, el proyecto no se limita a conservar. Las viviendas colindantes han crecido y el solar había perdido luz, por lo que dos aperturas en cubierta perforan la penumbra. Así, el sol alcanza de nuevo las vetas de la piedra y acompaña el recorrido diario por la vivienda con cambios de intensidad y dirección que hacen visible el paso de las horas.
Además, esta interacción entre luz, roca y escala introduce una dimensión atmosférica que supera la pura funcionalidad. La casa responde a cada variación solar y la traduce en una percepción distinta del espacio, casi como si ajustara su expresión interior a lo largo del día.
Materia que ancla y materia que suaviza
El exterior conserva su imagen tradicional: el zócalo de tirolesa, los cercos de mármol y la fachada austera que dialoga con la calle de manera natural. Por otra parte, ABEZ elige para el interior una materialidad casi ascética para que el caliche, puntual y rotundo, pueda respirar.
Así, los planos de yeso conviven con el gotelé del techo y con un pavimento continuo de hormigón que unifica la planta. Además, este suelo neutro permite que las piezas de mobiliario, firmadas por HAY, FLOS, Arasht Studio y el propio estudio, aparezcan como acentos suaves en un espacio deliberadamente sobrio.
Cada detalle constructivo refuerza la sensación de continuidad: los huecos se leen como incisiones limpias y la secuencia espacial fluye sin interrupciones bruscas, como si la casa hubiese sido tallada más que edificada.
La presencia de la piedra, siempre expuesta a la luz en movimiento, permite que el paso del tiempo se lea con claridad dentro de la casa. Así, El Búnker se convierte en un hogar que reconoce su pasado y acompaña a sus habitantes en un futuro que también dejará huella.
Fotografía: David Zarzoso
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