La que fue casa del médico en Turís (Valencia) se renueva dando cabida a una doble vida familiar gracias al trabajo de reconfiguración y continuidad de Jose Costa Arquitectos. Esta es la historia de transformación de una vivienda a lo largo del tiempo, los usos y los recuerdos.
La casa como reflejo de la evolución familiar
La historia familiar de esta vivienda comienza en 1941 (aunque su construcción se remonta quince años atrás), cuando fue alquilada por el médico del pueblo. La vivienda evolucionó al ritmo de las necesidades de la familia, que terminó adquiriéndola con el paso de los años y destinando la parte más próxima a la calle a consulta médica. Es entonces cuando llevaron a cabo la primera gran intervención: una ampliación de la zona trasera hacia el patio.
Como ha sucedido en tantas familias, con la jubilación, el traslado de la vivienda principal a València convirtió la casa de Turís en una segunda residencia. Y aunque se mantuvo viva a través de transformaciones que respondían a ese uso evolutivo y puntual, la suma de esas pequeñas intervenciones, realizadas a lo largo del tiempo y sin una estrategia común, terminó por desdibujar parte de su configuración.
Es entonces cuando Nilda, tercera generación de esta familia y guardiana de la memoria familiar y de sus propios recuerdos de infancia, toma las riendas de la vivienda. El objetivo no es simplemente conservarla y evitar que el paso del tiempo siga dejando su huella, sino trasladarse a vivir allí y convertirla en un hogar con una doble vida.
Una casa con pasado, preparada para dos presentes
El arquitecto Jose Costa tenía ante sí 300m² que debían responder a dos usos diferenciados. Por un lado, la vida diaria de una o dos personas; por otro, la vida en familia durante el verano o las festividades. Un proyecto, por tanto, en el que se debía dar sentido a la unidad, pero también comprender las necesidades de sus usos diferenciados, especialmente de aquella parte de uso más continuado, que debía responder a las demandas actuales. La construcción preexistente mostraba dos mitades diferenciadas, lo que ayudó a contener los distintos usos, aunque cada una de ellas se encontraba en un grado de conservación diferente.
La fachada hacia la calle estaba en buen estado y es en este lado donde se decide aglutinar la residencia no permanente, con cinco dormitorios y tres baños, distribuidos en dos plantas. Con una estética de casa tradicional valenciana, se conservaron y reutilizaron azulejos y pavimentos originales, se restauraron el portón y carpinterías, y se pudo mantener la fachada de ladrillo y la cubierta de teja. Todo ello contribuye a preservar la imagen de esta casa del médico que, históricamente, abría sus puertas a tantas personas del pueblo.
La otra mitad, la orientada al jardín, necesitaba una intervención más profunda por su estado deteriorado y es la que se transforma para un uso más contemporáneo. El proyecto concentra aquí el programa principal, con un salón, un comedor, la cocina y la suite principal en la primera planta. Mediante demoliciones selectivas, la incorporación de nuevas estructuras y la renovación completa de la fachada hacia el patio, Nilda puede desarrollar ahora su vida diaria en un espacio que recupera aquellos veranos de su infancia.
Más allá de una intervención arquitectónica, un ejercicio de memoria
Como comenta Jose Costa, el arquitecto al cargo del proyecto, “primero se eligen cuáles son los elementos importantes que no se deben tocar o que, si se intervienen, sea para realzarlos”. Pero añade que también hay que decidir cuáles son los elementos que deben eliminarse, siempre teniendo en cuenta la memoria de la casa y los recuerdos personales de los propietarios. No se trata solo de un ejercicio arquitectónico, sino de una puesta en valor y, en el caso de La casa del médico, de una reubicación para darle un uso renovado.
De esta forma, la intervención parte de una premisa clara: introducir luminosidad en una casa de gran profundidad y, por tanto, con tendencia a la oscuridad. Este hilo conductor se traduce en distintas decisiones arquitectónicas, como el lucernario sobre la cocina, la terraza vinculada a la habitación, o la elección del color blanco para techos y paredes, que “permiten transformar la percepción del espacio y llevar la luz hasta el interior de la casa”, como afirma Costa.
También la elección de los colores parte de lo existente. El verde que guía los elementos metálicos y las carpinterías bebe del verde presente originalmente en cerramientos del exterior. “De este modo, el paisaje entra en la vivienda, aportando un elemento más fresco y estableciendo una continuidad natural entre el interior y el exterior”, cuenta Costa. Por otro lado, la gran escalera conserva su posición original, pero transforma su forma para convertirse en protagonista de este espacio social y conectar con la planta superior.
El jardín, hacia el que se vuelca la vida de este espacio renovado, incorpora a su uso diario una piscina tipo alberca y un taller de pintura, creando un espacio vivo que se completa con la renovación de la antigua casita del jardín.
En definitiva, esta renovación de La casa del médico conserva la memoria familiar a través de las distintas adaptaciones y usos que se han sucedido entre generaciones. Todo ello permite que, de forma diaria o puntual, la familia vuelva allí donde conserva sus recuerdos.
Fotografía: Mariela Apollonio.
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