En el madrileño barrio de Salamanca, Plutarco rehabilita una vivienda de 1934 para transformarla en un laboratorio doméstico donde pasado y presente dialogan sin nostalgia. Se trata de un proyecto que reivindica el riesgo, la mezcla de materiales y colores y la dimensión social del diseño como forma de vida.
El imaginario arquitectónico como punto de partida
Antes de dibujar una planta o elegir un material, existe un paso previo en cualquier proyecto arquitectónico que condiciona todo lo demás y que a menudo pasa desapercibido: construir un imaginario. Es decir, detenerse a estudiar referencias, entender contextos y averiguar qué se ha hecho antes en situaciones tipológicas similares. No se trata de copiar, sino de situarse para que las decisiones proyectuales posteriores no partan del vacío.
Exactamente ese proceso de investigación previo es el que ha llevado a cabo el estudio de arquitectura madrileño Plutarco para enfrentarse a su último proyecto de rehabilitación. El encargo, una vivienda unifamiliar de dos plantas, construida en 1934 en el Barrio de Salamanca y que se encontraba en muy mal estado estructural, requería detenerse y analizar qué fue ese lugar y, sobre todo, qué puede llegar a ser hoy. «Investigamos qué otras villas del movimiento moderno se estaban levantando simultáneamente en diferentes partes del mundo, para entender y conectar con la época en la que nació esta casa«, reconocen Ana Arana y Enrique Ventosa, los arquitectos al frente del estudio.
Conexión social
Si el punto de partida del proyecto es conceptual, el resultado es profundamente vital. Plutarco plantea una casa de 376m2 pensada para ser habitada y compartida: el salón se abre a dos patios silenciosos, el comedor se conecta sin fricciones y la cocina actúa como el verdadero corazón social de la casa. «Creemos que la conexión entre estancias es clave para que el espacio se sienta cambiante«, reconocen los artífices del proyecto.
Incluso existen elementos móviles que participan de esa idea: en el comedor un biombo gira y cambia la percepción del espacio y la sala de estar se abre o se cierra según el momento… «Durante el día el espacio funciona como pared alicatada, y por la noche o cuando se quiere cambiar de ambiente, se gira y aparece un espejo«, detallan desde Plutarco. La casa se transforma con el uso, no es rígida. Y eso, en un contexto donde muchas viviendas parecen pensadas para la foto, resulta casi subversivo.
Si avazamos por el recorrido arquitectónico que el proyecto nos propone, llegamos a la planta superior donde está la zona más privada que cuenta con un pequeño despacho, un vestidor de inspiración japonesa y los dormitorios con paredes curvas para suavizar recorridos y evitar ángulos agresivos.
El patio exterior como pulmón verde
El proyecto se articula en torno al jardín, concebido como un espacio de calma donde conviven materiales y recursos inesperados: un suelo de rayas, una piscina de gresite verde y mucha vegetación para crear un pequeño oasis climático que suavice las épocas más duras del año e invite a la vida compartida. «Nos encanta que venga gente, que se use la casa, que se disfruten las zonas comunes y que haya grandes mesas para hacer vida al aire libre«, afirman desde Plutarco.
El arte de mezclar
Para terminar este artículo hay un elemento que merece la pena destacar del universo creativo de Plutarco: su relación con los acabados, las texturas y los materiales. El estudio no tiene miedo a mezclar, más bien al contrario. En la cocina, por ejemplo, conviven dos tipologías maderas distintas, terrazo, azulejos con juntas rojas… una mezcla que, de manera conceptual, podría parecer excesiva, pero que funciona con una naturalidad sorprendente. «Nos gusta mucho el rojo, pero siempre en toques controlados: lo que se llama Unexpected Red. El resto lo mantenemos más neutro, con un azul claro que recuerda al cielo y se mezcla con el exterior«, confiesan los artífices del proyecto.
Esa lógica se extiende al resto de la casa: bloques de vidrio, mármoles, maderas teñidas… Cada espacio tiene su propia identidad, pero todos comparten una misma actitud: experimentar sin miedo.
Fotografías: Germán Saiz
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